Hoy hace un mes que empezamos a vivir en nuestro nuevo hogar. En realidad ayer hizo un mes que yo y mi marido nos quedamos a dormir la primera noche, solitos, pues el niño lo mandé con mis padres, ya que su habitación era todavía un caos. Pero hoy hace el mes desde que los tres estrenamos nuestra casa.

Parece mentira todos los cambios que han habido en este mes, incluyendo los festejos de las fechas navideñas.

Y mañana hace dos meses que nos dieron las llaves. Todavía me acuerdo de los nervios, aparte del mosqueo monumental por el retraso. Y llegamos allí con toda la ilusión, ultimamos detalles con los antiguos propietarios y… vimos el desastre que nos habían dejado.

Ya os he contado que es el hogar de mis sueños. Es un dúplex precioso, con mucha luz, espacioso y con grandes terrazas. Además, es una finca nueva, y los antiguos propietarios no llevarían ni cuatro años viviendo aquí. Era una pareja joven (unos años mayores que nosotros) y sin niños, aunque con dos gatos. Y unos verdaderos amantes de vivir rodeados de porquería. Aparte de toda la pelusa, pelo de gato y suciedad incrustada, se habían dedicado a taladrar las paredes a su antojo. Y aunque no se aprecien bien los detalles, aquí os dejo unas fotos para que podáis ver algunas cosas que nos encontramos:

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Así que lo primero fue quitar muebles viejos y barrer pelusas. A pesar de la ayuda de las madres (que ya no están para tanto trote), tuve que contratar un servicio de limpieza, dado que yo casi no podía hacer nada dado el tamaño de mi barriga. Y poco a poco todo el piso fue tomando otro color. En próximas entregas os contaré algo más.

                                              

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