Ya estaba el piso más o menos decente. Por lo menos no se arremolinaban las pelusas y el pelo de gato por doquier. Entonces llegó el turno de la pintura. Menos mal que este tema lo teníamos resuelto: gracias a dos gruñones (mi padre y mi suegro), que refunfuñaban por todo, pero que en pocos días nos pintaron el piso. Y eso que hubo que dar más de una capa de pintura, porque el piso tenía la pintura original de la obra (en cuatro años no habían pintado, ni siquiera cuando entraron a vivir).

Mientras, nosotros íbamos haciendo lo que podíamos. Echar una mano con la pintura, ir embalando más cosas, y también ir para arriba y para abajo últimando las compras necesarias. Todo esto sin dejar de cuidar al pequeñajo (aunque las abuelas ayudaban mucho), y mi marido sin dejar de trabajar. El pobre, que hace el turno americano, ni siquiera pudo cogerse el día libre que da la empresa por la mudanza, ya que coincidió con la baja de un compañero.

Ahora sí que el piso había cogido otro color, literalmente. Y vinieron a montar la habitación nueva del niño, y yo comencé a pintarle un barco pirata (que a día de hoy todavía no he terminado):

barco pirata (I)        barco pirata (II)

 

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