Bueno, pues ya estaba el piso recién pintado. Quedó “sólo” la mudanza propiamente dicha. Aunque antes hicimos otra sesión de limpieza, para quitar los restos de la pintura, y las pelusas y el pelo de gato que todavía salían de vete a saber tú dónde.

Y llegó el gran día. Así que alquilamos un camión y comenzó el traslado de muebles y enseres. Vino a ayudarnos hasta el apuntador. Puedo decir que me sentí muy afortunada, pues la verdad es que no soy persona de tener muchos amigos; pero los pocos que tengo son muy buenos, y en estos momentos lo demostraron. Tenía gente desmontandome los muebles y bajando las cosas al camión. Mi padre es transportista, y aunque el camión se podía conducir con el carnet de coche, se hizo cargo del traslado. Y luego la gente volvió a montar muebles en el dúplex. Todo el día para arriba y para abajo, y cargando pesos. Todo el mundo acabó exhausto; hasta yo, y eso que casi no me dejaban hacer nada.

A todo esto era 13 de diciembre, fecha en que mi marido y yo nos dispusimos a pasar la primera noche allí. Fue un mero trámite, pues la fecha que considero como el primer día en nuestro nuevo hogar fue el 14, ya que entonces el pequeñajo ya contaba con su cama bien puesta y bien hecha.

Ese domingo fue cuestión de acabar de montar los muebles, limpiarlos y empezar a colocar las cosas en su sitio. Lo de colocar cosas en su sitio duró toda la semana, y en realidad todavía hay varias cajas por deshacer. Pero llegaban las fiestas y había que preparar otras cosas.

Lo que más se retrasó fue la cocina. Habíamos decidido poner vitrocerámica y cambiar la fregadera, y aprovechar para cambiar el mármol. Pues el marmolista, que en teoría iba a venir el día 15, al final no apareció hasta el día 20. Ya me veía celebrando la nochebuena con latas de conservas…

Al final todo salió bien. Todo menos el monumental catarro que pasamos, pero eso ya es otra historia…

.

Anuncios