Eres un viajero a bordo de un barco navegando en el río del tiempo.
Matthew Arnold (poeta y crítico inglés)

Sí, nos fuimos de crucero. ¡Y qué bien nos lo pasamos!

Tengo que decir que no las tenía todas conmigo antes de irme. A medida que se acercaba el día en qué nos íbamos, yo sólo podía ver más y más inconvenientes. Que si los niños son muy pequeños, que si nos vamos a marear en el barco, que si es mucho gasto, que si vamos con mis suegros, que si va hacer frío… En fin, que cada vez lo veía más negro y se me estaba quitando toda la ilusión por este viaje.

Y después de una jornada maratoniana intentando que no nos devorase el caos entre tanta ropa y tanta maleta, y una noche de poco sueño, llegó el gran día. Aquí íbamos los cuatro, con cinco maletas (una para cada uno y una extra de los niños). Parecía que nos habíamos llevado media casa a cuestas, y la verdad es que casi fue así; con los niños no te puedes arriesgar…

Nos llevó mi padre al puerto, donde nos esperaba un gran barco, y el resto de la familia. Éramos ocho personas: mis suegros, unos tíos de mi marido y nosotros cuatro. Hicimos los trámites iniciales en poco tiempo, no tardamos en embarcar. A todo esto eran las dos y media, así que nos fuimos todos a asaltar el buffet; ¡y es que hasta las seis no zarpaba el barco!

Luego fuimos a descubrir los camarotes. La verdad es que estaban muy bien, con su ventana y todo, y nos pusieron una cuna y todo para la niña. Intentamos acomodar los trastos y salimos a ver un poco el barco. Cuando se acercó la hora de zarpar, subimos a la terraza superior y desde allí, con curiosidad y alegría vimos como poco a poco el barco abandonaba el puerto. A todo esto sólo podía pensar en qué pasaría si mis niños o yo nos mareábamos; mi alegría fue mayúscula cuando vi que mis niños ni se habían enterado del movimiento del barco, y yo tampoco notaba ningún malestar.

No quiero aburrir con una crónica detallada sobre el crucero. Simplemente explicaros un poco la experiencia. Los camarotes, además de bien equipados, estaban siempre limpios, al igual que el resto del barco. Esto es porque limpiaban las habitaciones dos veces al día (por la mañana, cuando íbamos a desayunar, y por la noche, cuando salíamos a cena). Había comida en abundancia, distribuida en buffet desayuno, comida (buffet o restaurante, a elegir), buffet de merienda y cena (restaurante). En el restaurante los platos eran más elaborados, pero era parecido a un buffet, porque podías pedir todos los platos que quisieras de la carta, y repetir todas las veces que quisieras. Además, nos tocó un maitre muy amable, que se portó de maravilla con los niños, cosa que es de agradecer cuando quieres cenar.

A pesar de ser la última semana de octubre, el tiempo fue estupendo, y el mar no estaba nada movido. En el barco había una ludoteca, en la que mi niño se lo pasaba bomba. También había diversos cafés, un casino, una biblioteca… En las terrazas se encontraban las piscinas (ya frías en esta época, porque las llenaban con el agua del mar cada mañana y las vaciaban por la noche), con muchas tumbonas para tomar el sol, y también los jacuzzis climatizados. Por la noche había espectáculos varios, y también discoteca.

¿Quién puede pedir más?

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