Ya os he contado qué tal nos fue en el barco. Ahora voy con la parte turística. Era un crucero por el Mediterráneo, con cinco paradas.

El primer día llegamos a Villefranche (Francia), un pequeño puerto entre Niza y Mónaco. Salimos y visitamos Mónaco, la zona de Monte-Carlo, y vimos el famoso casino (aunque no entramos en él). Como teníamos poco tiempo y queríamos ver más cosas, nos fuimos a un pueblo francés llamado St. Paul de Vence. Es un pueblo amurallado en lo alto de una colina, lleno de estudios de artistas, conocido por ser en su época refugio de grandes pintores, como Picasso y Chagall. Un pueblo con mucho encanto donde, además de poder comprar productos artesanos, podemos ver mucho arte moderno.

El segundo día llegamos a Livorno. Este puerto no lo visitamos, ya que decidimos quedarnos con nuestros niños y dejar que mis suegros pudiesen salir un poco; es la puerta para ir a Pisa y Florencia.

El tercer día llegamos a Civitavecchia. Y aquí salimos nosotros para poder ir a Roma, que está a unos 80 kilómetros. Mi marido y yo ya conocíamos Italia, ya que fuimos con nuestro instituto hace ya unos años. Pero es que Roma es Roma. Cogimos un tren y después el metro, y llegamos al Coliseo. Impresionante. Paseamos por la zona y fuimos moviendonos para llegar a la siguiente parada: el Campidoglio. Después visitamos la Fontana di Trevi, y volvimos a tirar (16 años después) la moneda al agua para pedir nuestro deseo. Camino de la plaza España nos encontramos una manifestación, y como tenían dicha plaza vallada, decidimos ir directamente a la catedral de San Pedro. Una vez allí, y como ya no nos iba a dar tiempo de ir al Museo Vaticano, decidimos subir a la cúpula (ascensor + 320 escalones) para contemplar la ciudad a nuestros pies. Y luego, claro está, hacer una visita a la Basílica. Acabamos agotados pero contentos, aunque hay que decir que la visita te deja la miel en los labios si no conoces la ciudad (que merece 2 o 3 días para visitarla).

El cuarto día atracamos en el puerto de Nápoles. Nos fuimos todos (incluidos los niños) al pie del Vesubio, para visitar las ruinas de Pompeya (los niños se quedaron fuera con los abuelos). Estábamos estusiasmados disfrutando de la antigua ciudad y no nos dimos cuenta de que habían pasado más de dos horas (y habíamos recorrido poco más de la mitad del circuito). Salimos para estar con la familia (aunque nos quedamos con ganas de más) y volvimos a Nápoles. Por la tarde recorrimos un poco la periferia del puerto, que también es donde más monumentos hay. Nos pareció una ciudad muy vieja y muy sucia, con los monumentos muy abandonados, y bastante pobre. Un desencanto, vaya.

Y llegó el quinto día, y con él la última visita. Llegamos a Túnez y decidimos bajar a ver. Nos daba miedo, tanto por el desconocimiento de lo que encontraríamos como por los comentarios en los foros de otros cruceristas. Pero no estuvo tan mal. Primero fuimos a un pueblo “con encanto” llamado Sidi bou Said, lleno de casitas blancas con puertas y ventanas azul turquesa, y con unas vistas estupendas al mar. Después visitamos Cartago, y aunque nuestro taxista nos recomendó no entrar en el museo porque estaba lleno de piedras, al final nos colamos (aunque fue sin querer, lo prometo). Y por último visitamos el zoco de La Medina, lleno de tiendecitas con productos típicos. En ningún momento pasamos miedo, ni agobio, ni nos manosearon. Hablan español (y francés, inglés, italiano… ) y todos quieren que entres en su tienda. Aquí el regateo es obligatorio, aunque a mí me saca de quicio…

Y con esto casi acaba el viaje, ya que el último día lo pasas navegando de vuelta a Barcelona. Este último día disfrutas del barco y de no hacer nada. Ya estábamos cansados (sobretodo los niños, que añoraban su casa) y deseando llegar al hogar. Una nueva experiencia que nos deja un buen sabor de boca.

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