¡Oh tiempo, deja ya de volar!
Alphonse de Lamartine (escritor, poeta y político francés)

Estos días han sido durillos; hasta que no ha pasado todo no me he dado cuenta de lo mal que he estado. Es curioso, porque me encontraba muy mal por el dichoso catarro, pero hasta que no me he recuperado, no me he dado cuenta de que de verdad debería haber acudido al médico y haber guardado cama. Pero esto ya es historia, y ahora ya me encuentro mucho mejor. Y la niña también.

Mientras luchaba contra los virus, mi agenda (normalmente llena con rutinas de casa) albergaba dos citas importantes: las matriculaciones de los niños. El martes pasado nos tocó matricular al niño en el que va a ser su colegio. ¡Qué emoción! Y qué grande se está haciendo… Y el jueves había que matricular a la niña en la guardería. Parece que todavía queda un montón, pero septiembre está a la vuelta de la esquina (bueno, quizás a dos esquinas todavía) y entraremos en otra dinámica.

Y esta semana, aparte de irme recuperando, ha tocado salir un poco de compras para ultimar los preparativos. Porque este fin de semana nos vamos de boda. Pero no una boda cualquiera, no. Una boda con toda la familia de mi marido – ciento y la madre – en Cuenca. Así que toca hacer las maletas, que ya me veo mañana el coche lleno hasta la bandera, porque con los dos peques nos llevamos de todo, incluida cuna plegable para la pequeñaja y bici para el campeón. Cuando vamos así, para tres o cuatro días, parece que nos estemos mudando… Porque llevas cosas como para subsistir un mes o dos fuera de casa. Quien me lea y tenga niños sabrá de lo que estoy hablando.

Por una parte me da pereza esto de la boda. Mucho equipaje, muchos quilómetros en el coche con los niños, mucha familia política, mi suegra adueñandose de mis niños… pero por otra parte me hace mucha ilusión. Porque sé que nos lo vamos a pasar muy bien. Ya os lo contaré.

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