Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos.
Jacinto Benavente (dramaturgo español)

Se ha acabado agosto, dejándome un sabor agridulce. Hemos disfrutado de la piscina, y del tiempo libre, pero no hemos tenido vacaciones; estas están todavía por llegar. Y, como explicaba en mi anterior post, hemos ido aprovechando los días libres de mi marido para irnos a Salou con mis suegros.

Y en una de estas visitas, le han robado la bicicleta a mi niño… yo todavía no me lo creo. El caso es que estaban los niños con el abuelo en el parque; y claro, con dos es más difícil controlarlo todo. Por lo que nos ha contado el pequeñajo, un niño (un poco más grande) le pidió la bici para llevársela a casa. Y él, todo inocente (y pensando que se la devolvería) le dijo que sí. Y el niño se llevó la bici… y no la devolvió.

Yo me quedo alucinada de la gente. Puedo entender que un niño quiera llevarse cosas que no son suyas. Pero, ¿y los padres? El caso es que fuimos un par de días a ver si, por casualidad, aparecía la bici, pero nada de nada. Con la consecuente desilusión de mi niño.

Todavía estoy rabiosa, porque fue un regalo que le hicimos con mucha ilusión, y aunque al principio le daba miedo (es una bici sin pedales), ahora estaba encantado con ella. Aparte del tema económico; la bici que le compramos fue una gran oferta, y ahora el mismo artículo me cuesta el doble.

Yo es que soy bastante confiada, y me cuesta creer que la gente sea así de egoísta. Me resisto a pensar que son cosas que pasan…

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