Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad.
Gottfried Leibniz (filósofo, físico y matemático alemán)

Sé que tengo pendiente las crónicas de mi viaje por USA, pero me requiere un tiempo del que ahora mismo no dispongo. Ni siquiera he tenido tiempo para ordenar las fotos que hice… Además, tengo algo más importante de lo que escribir.

En estos días he vuelto a sentir mariposas en el estómago, como cuando tenía 15 años. No, no he conocido a nadie ni le estoy poniendo los cuernos a mi marido (ja, ja). Es que el sábado celebramos nuestro décimo aniversario de boda y mi marido me sorprendió con un regalo muy especial. Aunque este es un blog público, que lee (o por lo menos solía leer) gente que me conoce personalmente, a veces me arriesgo y abro un poco mi corazón en él, contando alguna intimidad. Y hoy va a ser una de esas veces

Diez años de casados dan para mucho. Muchas cosas buenas, pero también algunas malas. A pesar de nuestro viaje, mi marido y yo no estábamos precisamente acaramelados. Diversas circunstancias encadenadas se traducían en un ligero distanciamento y algunas malas caras. Eso me hizo desear que no llegase nuestro aniversario, no quería celebrarlo así. Pero a medida que se iba acercando la fecha, las cosas han ido mejorando. Una sonrisa, un gesto… y se nos olvidan los malos momentos. Yo ya le estaba preparando su regalo, algo material pero también un vídeo hecho con mucho cariño (que podéis ver aquí) por lo que me alegré de ver que a él también le parecía una fecha especial. Mi marido no es muy romántico (nunca lo ha sido) pero de vez en cuando me sorprende. Lo hizo hace poco con un simple comentario en el Facebook, que me dejó la boca abierta y me devolvió la ilusión. Y el remate ha sido este fin de semana, con una escapada sorpresa. El sábado, después de comer (él tuvo que trabajar por la mañana, aunque no le tocaba) salimos con el coche. Y entonces me contó la sorpresa: nos íbamos a Madrid, a ver El Rey León. ¡Madre mía!

Así que nos pasamos la tarde del sábado recorriendo los 600 km que hacían falta para llegar a la capital. Llegamos sobre las diez y media de la noche al hotel, y nuestra cena de aniversario fue una pizza… Estábamos agotados, pero felices. El domingo nos levantamos tarde, y fuimos a pasear por el centro: gran vía, puerta del sol, plaza mayor (sin “relaxing cup of café con leche”), recorriendo sin prisa calles con encanto. Teníamos reserva en el restaurante Botín, recomendación de mi cuñada, el restaurante más antiguo del mundo (según el Guiness) en el que doy fe que se come un cochinillo buenísimo. Y luego nos fuimos al teatro Lope de Vega, en el que pudimos disfrutar de ese gran espectáculo que es El Rey León. Salimos a las nueve, y a las diez abandonábamos la ciudad de Madrid. Una larga ruta hacia casa, intentando (yo) dormir algo y recogiendo a los niños dormidos que el lunes tocaba madrugar… ¡Y tanto que tocaba madrugar! Me acosté a las cinco de la madrugada y en un par de horas sonó el despertador. El lunes fuí agotada, pero no podía dejar de sonreír. Porque han vuelto, las mariposas en el estómago han vuelto, como cuando tenía 15 años y me enamoré por primera vez de él.

Anuncios