Quien se ha cansado bajo el sol del verano, que se guarde del sol del invierno y se caliente al calor de la chimenea.
Proverbio chino

Personalmente adoro el verano. Me gusta el calor, los días largos y el sol y, por supuesto, la playa y la piscina. Y además tengo la suerte poder compartir con mis hijos sus vacaciones, sin tener que preocuparme ni de horarios ni canguros… La mayoría de padres se echan a temblar cuando llegan las vacaciones y, en algunos casos, lo entiendo. Cuando los dos progenitores trabajan, se realiza un gran desembolso por no poder atender a los hijos debido al trabajo. Pero también conozco muchas madres en mi situación (las mal llamadas “amas de casa”) que temen la llegada del verano. Yo estoy deseando que lleguen los días en los que no suena el despertador y no tenemos que estar pendiente del reloj. Tiempo para disfrutar con ellos, para probar nuevas cosas, para hacer manualidades, para ponerse perezosos en el sofá y también tiempo para aprender nuevas cosas. Muchas de esas madres me dicen que estoy así porque mis suegros se llevan a los niños con ellos (una semana en julio y otra en agosto), y así puedo descansar. Mi realidad es otra: en esas semanas aprovecho para hacer limpieza a fondo de la casa (cosa que odio en grado máximo), así que esos días para mí son los peores del verano.

Echo de menos el verano. Hace sólo dos semanas que comenzó el colegio, pero ya queda muy lejos la sensación de vacaciones. Ahora toca cuadrar horarios, compaginar los deberes con las actividades extraescolares, sin perder nunca las ganas de divertirse. Y no sólo yo echo de menos el verano; es el primer año en que mis hijos me dicen que se lo han pasado tan bien en vacaciones que no quieren volver al cole (aunque luego lo empiecen con su mejor sonrisa). ¿Será que estoy haciéndolo bien?

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